Thursday, June 22, 2006

Annie Besant y la Teosofia

Maestra Annie Besant
Maestra Annie Besant


Annie Wood nació el 1 de Octubre de 1847 en Londres, pero su ascendencia tenía un fuerte componente irlandés, raíz que siempre le agradó. Sus abuelos por parte de la madre – mujer de gran sensibilidad – eran ambos irlandeses, así como también por el lado materno del padre – hombre de sólida cultura humanista, matemático y profesor de Francés, Alemán, Italiano, Español y Portugués.

El padre de Annie murió días después de ella cumplir cinco años. Comenzó entonces una época difícil para la madre viuda, tanto del punto de vista emocional, como económico. Sin embargo a los ocho años, cuando (con su hermano Henry y su madre) fue a vivir para Harrow, a una antiquísima casa que se abría a un amplio jardín, de lujuriante arbolado, Annie vivió un periodo feliz. Ella escribió en su Autobiografía: “No había árbol al que no hubiese trepado, y uno de ellos, un frondoso laurel de Portugal, era mi lugar predilecto. Allí tenía mi cuarto y mi sitio, mi estudio y mi despensa. En ésta guardaba las frutas que podía coger libremente de los árboles y, en el estudio, permanecía horas sentada, con algunos de mis libros favoritos”.

En aquel tiempo, la Sra. Marryat, hermana de un conocido escritor de la época, se ofreció para proveer a Annie de una educación esmerada. Tal fue aceptado, aunque implicase que Annie pasaría menos tiempo con la madre – una decisión bien difícil ya que, citando más una vez las palabras de nuestra heroína, refiriéndose a la madre, “mi amor por ella era idolatría, y el suyo por mí era devoción”. Apenas reuniéndose en los periodos de vacaciones, “el vínculo de amor entre nosotras dos fue tan tenaz que nada pudo romperlo”.

La Sra. Marryat tenía alma de educadora, de lo que se beneficiaba un conjunto creciente de chicas y chicos (“yo jugaba a críquet y sabía trepar como el mejor de ellos”). Este último hecho era inusual en la época, como se sabe. Annie cuyo sentido de reverencia, respeto, gratitud y lealtad fueron exponenciales durante toda su vida, enalteció a aquella amiga: “Carezco de palabras para expresar lo que le debo, no solamente en conocimientos como, también, en amor por la sabiduría, que desde entonces vivió en mí como un constante estímulo para el estudio”.

El tipo de educación que recibía, tanto de la madre como de la Sra., Marryat, acentuaron la natural religiosidad del carácter de Annie, para quien los sueños místicos, las visiones de hadas y duendes, el entusiasmo al leer las historias de los primitivos mártires cristianos – que soñaba vivir en ella misma –, la cita de los textos evangélicos, eran mucho más seductores que los quehaceres y los placeres de la vida terrena cotidiana. Su devoción religiosa de aquella época tenía el sello de arrebatamiento y de la generosidad que caracterizaron toda la vida de Annie – ella sólo sabía ser auténtica y seria, no importaban las circunstancias ni el campo de actividad.

Tal condujo a que, a los 19 años, sin jamás haber tenido enamorados o haber pensado en eso seriamente – pues sus ideales habían sido “mi madre y el Cristo” –, se hizo novia del Reverendo Frank Besant, con quien se casó un año y tres meses después. Su futuro marido interpretó como interés amoroso una convivencia que, para Annie, no era nada más que la oportunidad de conversar sobre temas religiosos. Pillada de sorpresa cuando Frank le pidió en matrimonio, permaneció en silencio, envuelta en sentimientos de culpa por haber dado pie a tal situación; tales sentimientos, llevados al extremo, combinados con la esperanza de que, como “esposa de un pastor, mejor que de otras maneras, tendría oportunidad de practicar el bien”, la llevaron a vencer su “aversión al matrimonio” y a comprometerse.

Ya novia, intentó romper el compromiso pero no fue más allá de la tentativa, para no dañar a su madre, que consideraba suprema deshonra si su hija faltaba a la palabra dada. Así, sin entusiasmo y sin preparación, se casó (o mejor, se dejó casar). Liviandad e irresponsabilidad – pensarán algunos; consecuencia de la diferente focalización de sus intereses (que la volvió menos sagaz y despierta para las “cosas comunes”) y de un escrúpulo, sentido de lealtad y de no hacer daño llevados al extremo – pensamos nosotros. Un amigo de Annie, comentó, a propósito, con extraordinaria exactitud: “Como ella no podía ser novia del cielo, se hizo novia del Señor Frank Besant, que difícilmente sería un sustituto adecuado”.

De hecho, no lo fue. La minuciosa aspereza de Frank suscitó en Annie Besant : #primero, incrédula extrañeza, después un torrente de lágrimas de indignación y, pasado algún tiempo, una resistencia orgullosa, desafiadora, fría y rígida como el hierro. La desenvuelta jovencita, radiante, impulsiva, ardiente, entusiasta, se transformó –y muy rápidamente – en una grave, altiva y reticente mujer, que sepultaba bajo las profundidades del corazón todas sus esperanzas, temores y desilusiones".

Así, el único feliz resultado del matrimonio fueron dos hijos (un chico y una chica), unidos para siempre a Annie por un elevado amor, y partícipes, cuando fueron adultos, de las nobilísimas causas a las que se consagró. Todo lo demás, supuso un tormento para A.B.; especialmente las visitas sociales de señoras cuya conversación la “fastidiaban enormemente, y que eran tan indiferentes a todo lo que me llenaba la vida – teología, política, ciencia – como yo lo era a sus discusiones sobre el novio de sus empleadas y las extravagancias de sus cocineras”.

Así, cuando el marido le dio a elegir entre dos únicas opciones, la sumisión al fingimiento o la separación, ésta fue inevitable, por muy incómoda, dura y hasta escandalosa que fuese en la época. Siendo difícil seguir la lucha por la supervivencia, bien más dolorosa fue la pérdida de la custodia de sus hijos, impuesta en tribunal por hombres llenos de prejuicios religiosos. La decisión se basó exclusivamente en las opciones filosóficas de Annie que, decían, no le permitirían ser una buena educadora. Sin embargo, al alcanzar la mayoría de edad y la libertad de elegir, ambos, los dos hijos se juntaron a la madre, a la que continuaron adorando con devoción y orgullo...

Después de la separación, con apenas 25 años de edad, Annie se dedicó más que nunca a las cuestiones religiosas que la atormentaban, amplió más y más su interés por la política y por la ciencia, amplió su cultura hasta niveles extraordinarios, lo que más tarde le permitió tratar con soltura cualquier cuestión que, mismo inesperadamente, se le presentase. Las personas se sorprendían al ver a aquella joven de rostro simultáneamente hermoso y grave, seria y austeramente concentrada en las más abstrusas lecturas.

Su reflexión sobre las cuestiones religiosas la condujo hasta posiciones de agnosticismo (fue Vice-Presidenta de la Nacional Secular Society), tendió hacia el ateísmo pero con un sentido tan profundo y una concepción tan profunda de lo uno (una única y eterna substancia) oculto en lo múltiple, que una estrecha línea la separaba (temporalmente, como veremos) de un lúcido misticismo y de una visión hilozoísta del universo; sustentó una ética de riguroso altruismo y escrupulosa dignidad, basada en el deber de la corrección por la corrección y no, como ocurre en la postura religiosa común, con la esperanza de cualquier premio o el recelo de un posible castigo.

Al mismo tiempo, se interesó activamente por las agudas cuestiones sociales de entonces – a cierta altura, llegando a ser una destacada militante socialista (“un socialismo de dar y no de coger”, como escribió en su libro “El Mundo de Mañana”), por los derechos de las mujeres, de lo que fue una verdadera campeona (asumiendo avanzadamente posiciones que sólo mucho más tarde se fueron generalizando) y, en general, por el reconocimiento de las libertades de expresión (en ese campo, mucho se debe a ella y a un puñado de compañeros de entonces). En todas estas causas se empeño con extraordinario ardor, intrépido coraje y notable talento oratorio y literario, habiendo convivido con hombres de la altura de Charles Bradlaugh (uno de los mayores amigos de toda su vida) y George Bernard Shaw (que por ella alimentó la más viva admiración).

Así, en plena década de 1880, Annie Besant era una figura ampliamente reconocida y famosa, especialmente en Gran Bretaña. A la vez, por detrás de su carácter voluntarioso y del vigor de su inteligencia, existía un enorme corazón, lleno de ternura, que se expresaba a través de múltiples actividades filantrópicas, de una constante solicitud ante el dolor, de amistades vividas con amplio sentido de fraternidad, Simultáneamente, constataba la precariedad de sus concepciones materialistas, sea como explicación del Universo y de la Vida, sea como fuerza suficientemente congregadora y regeneradora de la Humanidad. De este modo, continuaba a reflexionar y a reflexionar y a buscar profundamente...

Madame Blavatsky
Madame Blavatsky


A principios de 1889, una de sus actividades era la de periodista (en colaboración estrecha con el Sr. W.T. Sead, de convicciones cristianas, demostrando que hombres y mujeres de buena voluntad se pueden siempre entender en lo esencial). Fue en esa cualidad que, para hacer una crítica literaria, le llegaron a las manos los dos gruesos primeros volúmenes de la incomparable obra “La Doctrina Secreta” (con el subtítulo “Síntesis de la Ciencia, de la Religión y de la Filosofía”), de H.P.B. – Helena Petrovna Blavatsky.

Annie Besant llevó los libros para casa y, al leerlos se quedo asombrada. Los velos se abrían. Allí estaban las ligaciones que preveía y buscaba, pero aún le faltaban, para acceder de la ciencia puramente materialista a la ciencia del espíritu, a la filosofía integral, a la divina sabiduría (”teo”+”sofía”). Le damos de nuevo la palabra: “¡Cómo me era familiar el asunto! ¡Cómo volaba mi mente, presintiendo las conclusiones! ¡Cuán natural me parecía el tema, cuán coherente, sutil e inteligible!”. Estaba maravillada, ofuscada por la luz que me mostraba tantas partes de un grande todo y resolvía todas mis dificultades, enigmas y problemas”.

Redactó la crítica, naturalmente brillante y entusiasmada, y escribió a Helena Blavatsky, pidiéndole permiso para visitarle. La respuesta fue afirmativa y H.P.B., la recibió con un vehemente apretón de manos, exclamando: “¡Oh querida Señora! Besant! Hace tanto tiempo que deseaba conocerla”. Este primer encuentro causó una fuerte impresión en Annie, que poco tiempo después repitió la visita, informándose mejor sobre como ingresar en la Sociedad Teosófica (ST). H.P.B. le miró penetrantemente y le dio un documento, con cerca de 4 años, de la Society for Psychical Research (SPR), pidiéndole que lo leyera antes de decidirse. (Viene a propósito referir que ese famoso relato elaborado por una única persona, retrataba a H.P.B. como una fraudulenta impostora. Escrito con el más puro sectarismo, aún hoy es mencionado en la generalidad de los libros y enciclopedias de la “cultura oficial” sobre H.P.B. y la ST. No obstante, fue la propia SPR que reconoció, a través de muchos de sus miembros –algunos, adhirieron incluso a la ST – y, más tarde, pública y expresamente como institución, el carácter tendencioso, parcial, sin fundamento y sin razón de ese relato – pero esta reposición de la verdad es omitida en los mismos libros y enciclopedias. ¡Así se pisotean reputaciones!...).

Annie leyó el relato y rápidamente confirmó su futilidad. Además, “¿cómo podía yo aceptar todo aquello frente a la naturaleza franca, leal, valiente de la que percibiera tan sólo un vislumbre? ¿Frente a la altiva y ardiente sinceridad que resplandecía en aquellos ojos honrados e impávidos, llenos de infantil nobleza?”

De este modo, luego al día siguiente, formuló el pedido de ingreso en la Soc. Teosófica. Después de recibir la respuesta positiva, se dirigió a casa de H.P.B.. He aquí el relato de esa visita, por la pluma de A. Besant:

“Encontré a H.P.Blavatsky sola, me aproximé a ella, me incliné y le besé sin decir una palabra, – ‘¿Usted ingresó en la Sociedad?’ – Sí – ¿Leyó el relato?’ – Sí – ?¿Y entonces?’ Caí de rodillas, apreté sus manos entre las mías y, mirándole a los ojos le respondí: – ‘¿Quiere aceptarme como discípula y darme la hora de proclamarle al mundo como mi instructora?’ Su austero semblante se modificó e irreprimibles lágrimas le llenaron los ojos, después, con una dignidad más que regia, colocó su mano sobre mi cabeza, diciendo: ¡Qué noble mujer es usted! ¿Qué el Maestro le bendiga!

De hecho, en los años siguientes, y a lo largo de los restantes 44 años y medio de su vida, Annie Besant no perdió oportunidad de defender a su gran Amiga (a la que comprendió más íntima y profundamente que nadie), de dar a conocer al mundo su obra, de poner de relieve su inmensa Sabiduría y nobilísima estirpe. Lo hizo de modo sereno, inequívoco, entusiasta – con el extraño sentido de gratitud y honradez que siempre le caracterizó. Es un dato muy curioso y simbólico que el contenido del primer libro de Annie Besant editado después de haber asumido la Presidencia de la Sociedad Teosófica (“H.P.Blavatsky y los Maestros de Sabiduría”) sea justamente una vigorosa defensa de H.P.B..

Annie Besant en sus años maduros
Annie Besant en sus años maduros


Asi habiendo convivido con ella sólo dos años (bastante menos que con otros compañeros de trabajo), Helena transmitió a Annie el liderazgo espiritual, del núcleo más interno, de la Sociedad Teosófica (permaneciendo el Coronel Olcott como su Presidente) e hizo constar claramente su voluntad, antes de desencarnar, en Mayo de 1891.

Escribió innumerables obras (¡hay más de cuatro centenares de libros y opúsculos de su autoría!), en las cuales desdobló y presentó de manera más simple y clara los profundos conceptos de la “Doctrina Secreta”, además de los que eran producto de su propia investigación y del estudio (comparado) de las fuentes tradicionales. Algunos de sus libros – por ejemplo, “La Antigua Sabiduría”, “Un Estudio sobre la Consciencia”, “El Cristianismo Esotérico”, “El Mundo de Mañana”, “Evolución de la Vida y de la Forma”, “La Genealogía del Hombre”, “Siete Grandes Religiones” (los dos últimos, reproducen una serie de conferencias) – pueden considerarse verdaderos tesoros, siendo los demás de gran interés y utilidad.

Fue, no obstante, como conferenciante que su trabajo alcanzó mayor brillo y fulgor. Tal había sido anticipado por H.P.B. cuando, confirmando una importante experiencia espiritual de Annie (en Fontainebleau, en el verano de 1889), señaló que su trabajo principal sería “La Magia del Verbo”. Se cuentan por millares las conferencias que Annie Besant dio, llegando a disertar tres en el mismo día. Por ejemplo, en los 50 días entre el 16 de Noviembre de 1893 y el 7 de Enero de 1894, en la India, dio un total de 48 conferencias. Hablaba invariablemente improvisando y con un pequeño tiempo de preparación de los temas.

El magnetismo, el encanto y la autoridad que de ella emanaban, la fluencia rítmica de los discursos y la fuerza de las imágenes, el encadenamiento de las ideas y la solidez de los argumentos la consagraban como “la más brillante conferenciante de Inglaterra”, “la mejor oradora de su época” (Bernard Shaw) y, según muchos testimonios, “la mejor oradora del mundo” .

El dramaturgo y novelista Enid Bagnold comentó en relación a una conferencia de Annie Besant en el Queen´s Hall de Londres (1912): “Cuando ella subió a la plataforma para hablar, estaba radiante. Su autoridad llegaba a todos los lados”.

Sus discursos culminaban casi siempre en un torrente de aplausos, que llegaba a prolongarse durante diez minutos – en una conferencia en la Sorbonne, en 1910, continuaron prolongadamente ya fuera de la sala. Su primera serie de conferencias en la India (en 1893/94) fue un éxito tan grande que, rodeada de multitudes, llegó a tener que hablar sobre pequeñas plataformas, del diámetro de un sombrero, en precario equilibrio – e, a medida que su prestigio crecía, casi no podía andar por las calles, entre las personas que le querían ver, tocar, expresar su admiración y gratitud.

Hablando para 5.000 personas, sin medios de amplificación, era tal la penetración de su voz y de tal manera impresionante y casi sagrado el silencio de los oyentes, que podía ser oída por todos, incluso cuando bajaba el tono para algún pasaje más íntimo y sensible.

En 1900, en París, fue tan grande su triunfo al disertar en un congreso que, después de acabar, y cuando volvía a su lugar, caminó decenas y decenas de metros bajo el clamor entusiasmado de la asistencia, que le cubría de flores tiradas a su paso –cosa jamás allí vista.

Estos hechos eran aún más notables en cuanto que en ella no había nada de teatralidad o de apelo al culto de la personalidad – por el contrario, innumerables veces lo recusó expresamente.


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